miércoles, 4 de noviembre de 2015
domingo, 25 de agosto de 2013
"La otra historia de la segunda guerra mundial. Resistencia contra Imperio". Donny Gluckstein.
GLUCKSTEIN, Donny. La otra historia de la segunda guerra mundial. Resistencia contra Imperio. Ariel. Barcelona. 2013.
Un libro que analiza desde una perspectiva diferente -“desde abajo”- el acontecimiento más traumático sufrido por la especie humana en toda su historia. Se trata de la segunda guerra mundial. El libro de Donny Gluckstein -profesor del departamento de Historia del Stevenson College de Edimburgo e hijo del histórico militante y teórico trotskista Tony Cliff- supone un posible inicio para una historia de las clases popular en este periodo. Gluckstein plantea su libro desde una hipótesis, según la cual la segunda guerra mundial habría sido un conglomerado de conflictos bélicos atravesados por dos tipos de guerra. Esas dos guerras paralelas se entrelazaron y chocaron entre 1939 y 1945. Estas dos guerras serían, por un lado, una guerra entre los imperialismos de los aliados y de las potencias del eje por conservar o aumentar sus dominios imperiales, y por el otro las guerras populares, llevadas a cabo por grandes sectores de la población contra la ocupación y con el objetivo de una liberación acompañada de una notable mejora de las condiciones de vida de la gente común. Se trató esta segunda de una guerra por preservar la vida y mejorarla.
Un libro que analiza desde una perspectiva diferente -“desde abajo”- el acontecimiento más traumático sufrido por la especie humana en toda su historia. Se trata de la segunda guerra mundial. El libro de Donny Gluckstein -profesor del departamento de Historia del Stevenson College de Edimburgo e hijo del histórico militante y teórico trotskista Tony Cliff- supone un posible inicio para una historia de las clases popular en este periodo. Gluckstein plantea su libro desde una hipótesis, según la cual la segunda guerra mundial habría sido un conglomerado de conflictos bélicos atravesados por dos tipos de guerra. Esas dos guerras paralelas se entrelazaron y chocaron entre 1939 y 1945. Estas dos guerras serían, por un lado, una guerra entre los imperialismos de los aliados y de las potencias del eje por conservar o aumentar sus dominios imperiales, y por el otro las guerras populares, llevadas a cabo por grandes sectores de la población contra la ocupación y con el objetivo de una liberación acompañada de una notable mejora de las condiciones de vida de la gente común. Se trató esta segunda de una guerra por preservar la vida y mejorarla.
Gluckstein
comienza el libro con la guerra civil española, pues representa el primer
episodio de estas guerras paralelas. Una guerra entre las potencias imperialistas
(incluida la Unión Soviética) y una guerra popular (en forma de revolución)
contra todos esos imperialismos. El final ya lo conocemos. El fantasma de la
revolución fue conjurado en el baño de sangre y una dictadura aseguró el
aplastamiento de las clases populares de este país durante los siguientes
cuarenta años.
Dramático
es comprobar cómo la Gran Bretaña de Winston Churchill masacró la heroica resistencia
griega contra el nazismo, bombardeando Atenas, con el beneplácito de Stalin.
Ambos personajes se repartieron en cuartillas de papel, antes de que la guerra
terminara, las áreas de influencia y los tantos por ciento de influencia en
cada país. No importaba lo que los pueblos decidieran desearan. Las decisiones
habían sido tomadas por los hombres de estado. Y si esas decisiones fueron
cuestionadas, en el caso griego la solución fue la represión por parte de los
británicos y la fundación de un estado griego dirigido por los antiguos
fascistas que llegaron a colaborar con los nazis.
Las
contradicciones también se dieron en el seno de los aliados. Los campos de
concentración para la población de origen japonés en los mismos Estados Unidos
dejan muy claro que racismo y democracias no fueron, ni son, antagónicos. Una vez
más Gluckstein demuestra la falacia de la guerra ideológica con los hechos.
Durante los años que duró la segunda guerra mundial los Estados Unidos vivieron
un periodo de agitación social, con estallidos provocados por el racismo al que
vivía sometida la población negra. Estas protestas y estallidos fueron
reprimidos con “democrática” ferocidad.
Otro
episodio sangrante es la represión del independentismo indonesio por parte de
los británicos para asegurar que la metrópoli holandesa no perdiese el control
de su colonia, para lo que no dudaron en utilizar los miles de soldados
japoneses derrotados para tal fin.
En momentos tan dramáticos como los actuales en
algunas zonas del planeta, esta visión de Gluckstein nos puede ayudar a
interpretar los acontecimientos de Siria o Egipto con una perspectiva diferente
a la propuesta por los medios de comunicación, siempre tan cortoplacistas e
incapaces de ver más allá de la mera lucha por el poder y de las lógicas
estatalistas. Porque Gluckstein tiene en cuenta las motivaciones de los actores
de los procesos históricos. Por ello plantea una elección ética. No es lo mismo
la guerra de los Estados por mantener o aumentar su poder que la guerra de los
pueblos por preservar y mejorar la vida. Y en este momento pienso en las
mujeres, los niños, las personas de bien que en Siria comenzaron una revolución
con lemas como libertad, unidad y pacificación. Pienso en ellos como pienso en
los jóvenes palestinos, en las mujeres egipcias que no querían que Morsi las
obligara a vivir de un modo que ellas no quieren, y que ven con preocupación
cómo la violencia del ejército no tiene piedad con nadie. Tampoco la tendrá con
ellas cuando vuelvan a salir a la calle. Y sin embargo, como dijo Buenaventura
Durruti, “llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”. Siempre ha sido, es y
será así. Así somos los seres humanos, siempre dispuestos a mejorar la vida,
aunque sea de formas muy extrañas y contraditorias.
Jaime Aguirán. 26/08/2013.
Jaime Aguirán. 26/08/2013.
sábado, 18 de mayo de 2013
Exposición: "Antes del diluvio. Mesopotamia (3500-2100 a. C.)".
La
exposición titulada Antes del diluvio. Mesopotamia 3500-2100 a.
C. -ofrecida por Caixaforum en Madrid- es una oportunidad
para reflexionar sobre el pasado de nuestra especie. Es un lujo poder
admirar obras elaboradas hace cinco mil años. Pero vayamos más allá
del mero coleccionismo de piezas.
La
muestra está marcada por la interpretación que del pasado de la
humanidad hacen los poderes opresivos, desde la perspectiva del
proceso de conformación de los Estados (muy unido a la guerra), la
sociedad de clases, la propiedad privada y la afirmación del
patriarcado.
Para
aquellos que nos acercamos a la muestra con una forma propia de
entender la historia -a partir de una idea de lo humano marcada por
una aspiración autoemancipatoria- no podemos dejar de retirar los
velos sobre el pasado que buscan justificar cierto presente. El
primer velo es el del concepto de civilización. Según la muestra la
civilización sumeria es la primera porque inventa la ciudad, el
Estado y la propiedad privada. Lo anterior se identifica con la
barbarie. Pero las primeras ciudades no surgen en este periodo, ni
con las características que toman en Mesopotamia. En Catal Huyuk
(Anatolia), en pleno Neolítico, nace una cultura urbana (una ciudad
de diez mil habitantes) en la que no existen signos de jerarquización
social como recintos amurallados que protejan templos o palacios. La
tesis de la exposición sobre las primeras ciudades es falsa.
Otra
burda justificación ideológica es la que identifica a las
sociedades agrícolas con la invención de la propiedad privada. Los
siete mil años anteriores de sociedades agrícolas igualitarias
durante el Neolítico son ocultados.
Un
asunto interesante es vislumbrar, a través de los relatos religiosos
sobre el origen del mundo, el paso de una cultura matrista
-representada por la figura de
la diosa madre- y la
afirmación del patriarcado. Muestra el deshacerse de una cultura y
la afirmación de otra nueva en un periodo de transición que dura
varios siglos. Hijo de estos relatos será el relato bíblico del
Génesis, que se
escribe dos milenios más tarde que los originales mesopotámicos, de
los que es deudor.
Visitar
esta muestra es muy recomendable, siendo conscientes de que en el
pasado siempre se encuentra lo que uno busca. Los poderes opresivos
buscan y encuentran sus orígenes. Y quienes buscamos una nueva forma
de vida desde una perspectiva de bien común en clave universal y
duradero también los encontramos, pero no en esta muestra.
Jaime Aguirán.
Artículo aparecido en el periódico mensual "Socialismo Libertario" (número 68, abril de 2013).
Jaime Aguirán.
Artículo aparecido en el periódico mensual "Socialismo Libertario" (número 68, abril de 2013).
sábado, 2 de marzo de 2013
"También hubo amor en el gueto". Marek Edelman.
También
hubo amor en el gueto es el
título de un libro, recientemente publicado por Galaxia Gutenberg,
que recoge el relato oral de Marek Edelman - transcrito por Paula
Sawicka -. Para hablar del libro es necesario hacerlo de su autor.
Edelman nació en 1922. Era un joven militante del BUND
(la Unión de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y
Rusia. Se trataba de una
organización marxista y antisionista fundada en 1897) que fundó en
1942, junto a otros bundistas, el ZOB
(Organización Judía de Combate)
para luchar contra los nazis en el gueto de Varsovia. Fue uno de los
líderes del levantamiento del gueto en 1943. Sobrevivió y participó
en el levantamiento de Varsovia de 1944. Permaneció en Polonia
ejerciendo como médico durante la dictadura comunista. Su compromiso
volvió a aflorar cuando se unió en 1976 al Comité de
Defensa de los Obreros, para
ayudar a los trabajadores en huelga contra la burocracia del Estado.
Posteriormente formó parte del sindicato Solidaridad
durante la revolución de 1980.
También
hubo amor... es un viaje a
través de los recuerdos de Marek en la fase final de su vida. Se
trata de un relato con el que quiere dejar constancia de todos
aquellos a los que recuerda, aquellos con los que luchó por afirmar
la vida. Porque este es el tema sobre el que trata el libro. Todos a
los que recuerda lucharon por sobrevivir, y trataron de hacerlo de
formas contradictorias, pero siempre con el convencimiento de hacer
prevalecer lo mejor de sí mismos, con un sentido de justicia que
aplicaban incluso a sus verdugos.
Son
conmovedores los relatos sobre el amor en el gueto, por cómo este
sentimiento fue lo que les ayudó a resistir. Este amor se expresaba
de muchas formas. En la organización de escuelas, de hospitales, en
la edición del Biuletyn
informativo del ZOB con
un cliclostil, el la amistad que hizo que jamás ningún miembro del
ZOB delatara a ningún
compañero, en el acompañamiento a los niños hasta Treblinka por
una adolescente que elige compartir ese último viaje...¿¡Cómo
voy a dejarlos!? No pueden ir solos...
Los
recuerdos de Edelman nos transportan a la vida cotidiana en el gueto,
a unas condiciones de vida terribles, impuestas con el objetivo de
exterminar a la población concentrada en el gueto. Todo estaba
calculado, salvo un factor que los nazis no incluyeron: la tensión
inextinguible que anida en todos los seres humanos por afirmar la
vida. Algo que pertenece a todos los seres humanos que han existido,
existen y existirán.
Artículo aparecido en el periódico "Socialismo libertario" número 67 (marzo de 2013), página 5.
Artículo aparecido en el periódico "Socialismo libertario" número 67 (marzo de 2013), página 5.
domingo, 29 de julio de 2012
Un aniversario: 19 de julio. Albert Camus.
Texto del mensaje enviado por Albert Camus a los jóvenes escritores españoles en ocasión del vigésimo aniversario de la guerra civil española.
El 19 de julio de 1936 comenzó en España la segunda guerra mundial. Esta guerra ha terminado en todas partes salvo, precisamente, en España. El pretexto de no terminarla es la obligación de prepararse para la tercera guerra mundial. Esto resume la tragedia de la España republicana que ha visto imponérsele la guerra civil y extranjera por jefes militares rebeldes y que hoy, aún ve que se le siguen imponiendo los mismos jefes, en nombre de la guerra extranjera. Durante 20 años, una de las causas más justas que puedan encontrarse en la vida de un hombre, se ha visto constantemente deformada, y, en ocasiones, traicionada por los intereses más poderosos de un mundo entregado a las luchas del poder. La causa de la república está y estará siempre identificada con la de la paz; esa es sin duda su justificación. Desgraciadamente el mundo no ha cesado de estar en guerra desde el 19 de julio de 1936 y la república española, en consecuencia, no ha cesado de ser traicionada o cínicamente utilizada. Por esto es quizá vano dirigirse, como lo hemos hecho otras veces, al espíritu de justicia y de libertad, a la conciencia de loS gobiernos. Un gobierno, por definición, no tiene conciencia. Tiene, a veces, una política, y eso es todo. Quizá la manera más segura de abogar por la república española, no es ya decir que es indigno para las democracias matar por segunda vez a quienes han luchado y han muerto por nuestra libertad, por la libertad de todos. Este lenguaje es el de la verdad, él clama en el desierto. La buena manera sería quizá decir que si el sostener a Franco no se justifica más que por la necesidad de asegurar la defensa de Occidente, no se justifica por nada.
Puesto que los gobiernos occidentales han decidido no tomar en consideración más que las realidades, podemos decirles que las convicciones de una parte de Europa forman parte también de la realidad, y que no será posible negarlas hasta el fin. Los gobiernos del siglo XX tienen una desgraciada tendencia a creer que la opinión y las conciencias se pueden gobernar como las fuerzas del mundo físico. Y es cierto que por las técnicas de la propaganda o del terror, han llegado a dar a las opiniones y a las conciencias una consternante elasticidad. Sin embargo, hay un 1ímite en todas las cosas, y en particular en la flexibilidad de la opinión. Se ha podido mistificar la conciencia revolucionaria hasta hacerle exaltar la miserable explotación de la tiranía. El ejercicio mismo de esa tiranía, sin embargo, hace esta mistificación evidente: y de ahí que en medio del siglo, la conciencia revolucionaria se rebela de nuevo y vuelve a sus orígenes. De otro lado, se ha podido mistificar el ideal de la libertad
por el que los pueblos y los individuos han sabido combatir mientras que sus gobiernos capitulaban. Se ha podido hacer esperar a esos pueblos, hacerles admitir compromisos más y más graves. Pero se ha llegado a un límite que se hace necesario anunciar claramente, y pasado el cual no será ya posible utilizar las conciencias libres; por el contrario, será necesario combatirlas a ellas también. Este límite, para nosotros europeos que hemos tomado conciencia de nuestro destino y de nuestras verdades el 19 de julio de 1936, es España y sus libertades.
Sea como sea, hay un límite que no se podrá superar. Durante 10 años hemos comido el pan de la derrota y la vergüenza. El día de la liberación, en la cúspide de la más grande esperanza, hemos aprendido, además, que la victoria también había sido traicionada y que era necesario renunciar a algunas de nuestras ilusiones. ¿A algunas? Sin duda. Después de todo, no somos unos niños. Pero, sin embargo, no a todas, no a nuestra fidelidad más esencial. Sobre este límite que trazamos, está, en todo caso, España, que nos ayuda a ver claro. Ningún combate será justo si se hace, en realidad, contra el pueblo español. Y si se hace contra él, se hará sin nosotros. Ninguna Europa, ninguna cultura será libre si se erige sobre la servidumbre de] pueblo español. Y si se erige sobre esta servidumbre, se hará contra nosotros.
El inteligente realismo de los políticos occidentales llegará finalmente a ganar para su causa cinco aeródromos y tres mil oficiales españoles, y a conquistar definitivamente centenares de millares de europeos. Después, esos genios políticos, se congratularán en medio de las ruinas. A menos que los realistas entiendan realmente el lenguaje del realismo y comprendan, en fin, que el mejor aliado de la Rusia soviética no es hoy el comunismo español, sino el mismo general Franco y sus apoyos occidentales.
Estas palabras quizás sean inútiles, pero queda un sitio para la esperanza. Ninguna derrota será definitiva mientras que el pueblo español guarde su fuerza de combate. Puede ser una paradoja, pero es el pueblo hambriento, subyugado, el guardián de nuestra esperanza. Guardémonos muy bien de creer que la causa republicana vacila. Guardémonos muy bien de creer que Europa agoniza. Lo que agoniza, del Este al Oeste, son las ideologías. Quizás Europa -de la que España es solidaria- es tan miserable por haberse alejado toda ella, y hasta su pensamiento revolucionario, de un manantial de vida generosa, de un pensamiento en el que la justicia y la libertad se encuentran en una unidad carnal, alejada igualmente de las filosofías burguesas y del socialismo cesariano. Los pueblos de España, de Italia y de Francia guardan el secreto de este pensamiento; y lo guardarán todavía, para que sirva cuando llegue el momento de renacer. Entonces el 19 de julio de 1936 será también una de las fechas de la segunda revolución del siglo; fecha que tiene su raíz en la Comuna de París, que camina siempre bajo la apariencia de la derrota, pero que no ha terminado aún de sacudir el mundo; y que para terminar, llevará al hombre más lejos de lo que ha podido llevarle la revolución rusa de 1917. Nutrida por España y en general por el espíritu de libertad, ella nos devolverá un día una España y una Europa, y con ellas nuevo trabajo de combatir, en fin, a cielo abierto. Al menos, esto
constituye nuestra esperanza y nuestras razones de luchar.
No olvido que si los 20 años significan poca cosa mirando la historia, los 20 años que hemos pasado han pesado con un peso terrible sobre muchos de los españoles en el silencio del exilio. Hay algo de lo que no puedo hablar por haberlo dicho demasiado y es el deseo apasionado, que es el mío, de verlos recobrar la sola tierra que es a su medida. Yo siento la amargura que puede haber, si hablo solamente de luchas y de combates renovados, en lugar de hablarles de la justa felicidad a que tienen derecho. Pero todo lo que podemos hacer para justificar tanto sufrimiento y tantos muertos, es l1evar en nosotros sus esperanzas, hacer que esas esperanzas no sean vanas y que esos muertos no estén solos.
Estos 20 años implacables han usado a muchos hombres en su tarea, y han forjado otros entre los cuales el destino ha de justificar a los primeros. Tan duro como esto sea, es así como los pueblos y las civilizaciones se levantan. Después de todo es de ustedes, españoles, es de España, en parte, de donde algunos de nosotros hemos aprendido a tenernos en pie y a aceptar sin desfallecimiento el duro deber de la libertad. Para Europa y para nosotros, franceses, a menudo sin saberlo, habéis sido y sois los maestros de la libertad. El duro deber que no termina, nos toca a nosotros compartirlo con vosotros sin desfallecimiento y sin compromiso.
Esa es vuestra justificación. Yo he encontrado en la historia, desde que tengo la edad de hombre, muchos vencedores con cara odiosa. Porque leía en ellos el odio y la soledad. Y es que no eran nada, cuando no eran vencedores. Solamente para existir, les era necesario matar y esclavizar. Pero hay otra raza de hombres que nos ayuda a respirar, que no ha encontrado la existencia y la libertad sino en la libertad y la felicidad de todos y que puede, por tanto, encontrar, hasta en la derrota, razones de vivir y de amar. Esos hombres no estarán nunca solos.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, abril 2003.
Puesto que los gobiernos occidentales han decidido no tomar en consideración más que las realidades, podemos decirles que las convicciones de una parte de Europa forman parte también de la realidad, y que no será posible negarlas hasta el fin. Los gobiernos del siglo XX tienen una desgraciada tendencia a creer que la opinión y las conciencias se pueden gobernar como las fuerzas del mundo físico. Y es cierto que por las técnicas de la propaganda o del terror, han llegado a dar a las opiniones y a las conciencias una consternante elasticidad. Sin embargo, hay un 1ímite en todas las cosas, y en particular en la flexibilidad de la opinión. Se ha podido mistificar la conciencia revolucionaria hasta hacerle exaltar la miserable explotación de la tiranía. El ejercicio mismo de esa tiranía, sin embargo, hace esta mistificación evidente: y de ahí que en medio del siglo, la conciencia revolucionaria se rebela de nuevo y vuelve a sus orígenes. De otro lado, se ha podido mistificar el ideal de la libertad
por el que los pueblos y los individuos han sabido combatir mientras que sus gobiernos capitulaban. Se ha podido hacer esperar a esos pueblos, hacerles admitir compromisos más y más graves. Pero se ha llegado a un límite que se hace necesario anunciar claramente, y pasado el cual no será ya posible utilizar las conciencias libres; por el contrario, será necesario combatirlas a ellas también. Este límite, para nosotros europeos que hemos tomado conciencia de nuestro destino y de nuestras verdades el 19 de julio de 1936, es España y sus libertades.
Sea como sea, hay un límite que no se podrá superar. Durante 10 años hemos comido el pan de la derrota y la vergüenza. El día de la liberación, en la cúspide de la más grande esperanza, hemos aprendido, además, que la victoria también había sido traicionada y que era necesario renunciar a algunas de nuestras ilusiones. ¿A algunas? Sin duda. Después de todo, no somos unos niños. Pero, sin embargo, no a todas, no a nuestra fidelidad más esencial. Sobre este límite que trazamos, está, en todo caso, España, que nos ayuda a ver claro. Ningún combate será justo si se hace, en realidad, contra el pueblo español. Y si se hace contra él, se hará sin nosotros. Ninguna Europa, ninguna cultura será libre si se erige sobre la servidumbre de] pueblo español. Y si se erige sobre esta servidumbre, se hará contra nosotros.
El inteligente realismo de los políticos occidentales llegará finalmente a ganar para su causa cinco aeródromos y tres mil oficiales españoles, y a conquistar definitivamente centenares de millares de europeos. Después, esos genios políticos, se congratularán en medio de las ruinas. A menos que los realistas entiendan realmente el lenguaje del realismo y comprendan, en fin, que el mejor aliado de la Rusia soviética no es hoy el comunismo español, sino el mismo general Franco y sus apoyos occidentales.
Estas palabras quizás sean inútiles, pero queda un sitio para la esperanza. Ninguna derrota será definitiva mientras que el pueblo español guarde su fuerza de combate. Puede ser una paradoja, pero es el pueblo hambriento, subyugado, el guardián de nuestra esperanza. Guardémonos muy bien de creer que la causa republicana vacila. Guardémonos muy bien de creer que Europa agoniza. Lo que agoniza, del Este al Oeste, son las ideologías. Quizás Europa -de la que España es solidaria- es tan miserable por haberse alejado toda ella, y hasta su pensamiento revolucionario, de un manantial de vida generosa, de un pensamiento en el que la justicia y la libertad se encuentran en una unidad carnal, alejada igualmente de las filosofías burguesas y del socialismo cesariano. Los pueblos de España, de Italia y de Francia guardan el secreto de este pensamiento; y lo guardarán todavía, para que sirva cuando llegue el momento de renacer. Entonces el 19 de julio de 1936 será también una de las fechas de la segunda revolución del siglo; fecha que tiene su raíz en la Comuna de París, que camina siempre bajo la apariencia de la derrota, pero que no ha terminado aún de sacudir el mundo; y que para terminar, llevará al hombre más lejos de lo que ha podido llevarle la revolución rusa de 1917. Nutrida por España y en general por el espíritu de libertad, ella nos devolverá un día una España y una Europa, y con ellas nuevo trabajo de combatir, en fin, a cielo abierto. Al menos, esto
constituye nuestra esperanza y nuestras razones de luchar.
No olvido que si los 20 años significan poca cosa mirando la historia, los 20 años que hemos pasado han pesado con un peso terrible sobre muchos de los españoles en el silencio del exilio. Hay algo de lo que no puedo hablar por haberlo dicho demasiado y es el deseo apasionado, que es el mío, de verlos recobrar la sola tierra que es a su medida. Yo siento la amargura que puede haber, si hablo solamente de luchas y de combates renovados, en lugar de hablarles de la justa felicidad a que tienen derecho. Pero todo lo que podemos hacer para justificar tanto sufrimiento y tantos muertos, es l1evar en nosotros sus esperanzas, hacer que esas esperanzas no sean vanas y que esos muertos no estén solos.
Estos 20 años implacables han usado a muchos hombres en su tarea, y han forjado otros entre los cuales el destino ha de justificar a los primeros. Tan duro como esto sea, es así como los pueblos y las civilizaciones se levantan. Después de todo es de ustedes, españoles, es de España, en parte, de donde algunos de nosotros hemos aprendido a tenernos en pie y a aceptar sin desfallecimiento el duro deber de la libertad. Para Europa y para nosotros, franceses, a menudo sin saberlo, habéis sido y sois los maestros de la libertad. El duro deber que no termina, nos toca a nosotros compartirlo con vosotros sin desfallecimiento y sin compromiso.
Esa es vuestra justificación. Yo he encontrado en la historia, desde que tengo la edad de hombre, muchos vencedores con cara odiosa. Porque leía en ellos el odio y la soledad. Y es que no eran nada, cuando no eran vencedores. Solamente para existir, les era necesario matar y esclavizar. Pero hay otra raza de hombres que nos ayuda a respirar, que no ha encontrado la existencia y la libertad sino en la libertad y la felicidad de todos y que puede, por tanto, encontrar, hasta en la derrota, razones de vivir y de amar. Esos hombres no estarán nunca solos.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, abril 2003.
http://www.fundanin.org/camus.htm
viernes, 8 de junio de 2012
Artículo publicado en "La comune" número 191.
He tenido el honor de que el periódico quincenal "La comune" (en el número 191) publique un artículo que escribí para el número 63 de junio de 2012 de "Socialismo Libertario". Trata sobre las movilizaciones en defensa de la educación. Grazie mile!
reattività sociale
L’educazione è stata volutamente riorientata dal sistema, che l’ha trasformata in un diritto concesso dallo Stato, per convertirla in formazione di mano d’opera efficiente e di cittadini obbedienti. Le aspirazioni educative e le vocazioni degli insegnanti sono state avvilite dal burocratismo. Ora, il governo decide
di tagliare questo bene comune, dopo anni di lotte assai dure per conquistarlo in ogni quartiere e in ogni paese.
I tagli all’istruzione hanno provocato un’iniziale reattività, con mobilitazioni nelle grandi città così come in piccole località di provincia e con il primo sciopero generale nazionale del mondo della scuola*. Noi insegnanti precari dell’Istituto secondario di Monreal del Campo (Teruel) abbiamo sentito la necessità di reagire e abbiamo indetto un’assemblea aperta a tutti. Abbiamo cercato di coinvolgere tutto il paese e di suscitare partecipazione e appoggio, nonché di coordinarci con i colleghi della scuola primaria, dell’asilo e del centro sanitario. Abbiamo quindi approvato un comunicato per aprire il dialogo con tutta la società chiamando alla solidarietà reciproca e al mutuo appoggio contro gli attacchi del potere politico alle condizioni di vita di tutti. È stato un inizio modesto, la cui continuità dipenderà dal nostro protagonismo e dalla nostra determinazione per un riscatto di lunga durata. A settembre più di 50 mila insegnanti precari perderanno il lavoro. Ma non potranno toglierci anche la vocazione. È ora di reagire ma anche di pensare a quale tipo di educazione aspiriamo, oltre all’alternativa tra statale o privata: un’educazione che non sia più mera istruzione di mano d’opera e di cittadini, che diventi un percorso per la realizzazione delle vocazioni degli individui e di ogni comunità nel suo assieme. Un’educazione di tutti e per tutti.
(tratto da Socialismo Libertario n. 63, giugno 2012).
* Lo sciopero generale del 22 maggio ha coinvolto il mondo della scuola di ogni ordine e grado, dagli asili alle università, in tutta la Spagna, per la prima volta dal post-franchismo. (NdT)
Nella Spagna colpita dalla crisi
reattività sociale
Jaime Aguirán
La situazione del lavoro nel mondo della scuola è esemplare di come le crepe del sistema, per quanto parziali, mostrino la sua irreversibile decadenza e costituiscano una sorta di punto di non ritorno per il sistema stesso al suo tramonto.
L’educazione è stata volutamente riorientata dal sistema, che l’ha trasformata in un diritto concesso dallo Stato, per convertirla in formazione di mano d’opera efficiente e di cittadini obbedienti. Le aspirazioni educative e le vocazioni degli insegnanti sono state avvilite dal burocratismo. Ora, il governo decide
di tagliare questo bene comune, dopo anni di lotte assai dure per conquistarlo in ogni quartiere e in ogni paese.
I tagli all’istruzione hanno provocato un’iniziale reattività, con mobilitazioni nelle grandi città così come in piccole località di provincia e con il primo sciopero generale nazionale del mondo della scuola*. Noi insegnanti precari dell’Istituto secondario di Monreal del Campo (Teruel) abbiamo sentito la necessità di reagire e abbiamo indetto un’assemblea aperta a tutti. Abbiamo cercato di coinvolgere tutto il paese e di suscitare partecipazione e appoggio, nonché di coordinarci con i colleghi della scuola primaria, dell’asilo e del centro sanitario. Abbiamo quindi approvato un comunicato per aprire il dialogo con tutta la società chiamando alla solidarietà reciproca e al mutuo appoggio contro gli attacchi del potere politico alle condizioni di vita di tutti. È stato un inizio modesto, la cui continuità dipenderà dal nostro protagonismo e dalla nostra determinazione per un riscatto di lunga durata. A settembre più di 50 mila insegnanti precari perderanno il lavoro. Ma non potranno toglierci anche la vocazione. È ora di reagire ma anche di pensare a quale tipo di educazione aspiriamo, oltre all’alternativa tra statale o privata: un’educazione che non sia più mera istruzione di mano d’opera e di cittadini, che diventi un percorso per la realizzazione delle vocazioni degli individui e di ogni comunità nel suo assieme. Un’educazione di tutti e per tutti.
(tratto da Socialismo Libertario n. 63, giugno 2012).
* Lo sciopero generale del 22 maggio ha coinvolto il mondo della scuola di ogni ordine e grado, dagli asili alle università, in tutta la Spagna, per la prima volta dal post-franchismo. (NdT)
domingo, 29 de abril de 2012
ANIVERSARIO ESPAÑOL, de Octavio Paz.
Adjunto el texto que redactó Octavio Paz con motivo del decimoquinto aniversario del comienzo de la revolución española de 1936, aquella que plantó cara al golpe militar del 18 de julio. Aquella que plantó cara en tiempo real al fascismo en Europa. Octavio Paz quedó marcado por los hechos que vivió en su estancia en España. Este escrito es una de las mayores expresiones de amor por nuestro país de paises, nuestro pueblo sufriente y valiente. Es una oportunidad por redescubrir nuestra historia, lo que fuimos capaces de hacer en tiempos mucho más terribles que los actuales. Su lectura llena de coraje y de esperanza. Espero que disfruten esta joya del gran maestro mexicano Octavio Paz.
ANIVERSARIO ESPAÑOL
La fecha que hoy reúne a los amigos
de los pueblos hispánicos preside, como un astro fijo, la vida de mi generación.
Luz y sangre. Así, permitidme que recuerde lo que fue para mí, y para muchos
hombres de mi edad, el 19 de julio de 1936. Nada más distinto de tener veinte
años en 1951 que haberlos tenido en 1936. Yo era estudiante y vivía en México.
En aquella época todo nos parecía claro y neto. No era difícil escoger.
Bastaba con abrir los ojos: de un lado, el viejo mundo de la violencia y la mentira
con sus símbolos: el Casco, la Cruz, el Paraguas; del otro, un rostro de
hombre, alucinante a fuerza de esculpida verdad, un pecho desnudo y sin
insignias. Un rostro, miles de rostros y pechos y puños. El 19 de julio de 1936
el pueblo español apareció en la historia como una milagrosa explosión de
salud. La imagen no podía ser más pura: el pueblo en armas y todavía sin
uniforme. Algo tan increíble e inaudito y, al mismo tiempo, tan evidente como
la súbita irrupción de la primavera en un desierto. Corno la marcha triunfal
del incendio. El pueblo —vulnerable y mortal, pero seguro de sí y de la vida—.
La muerte había sido vencida. Se podía morir porque morir era dar
vida. Cuerpo mortal: cuerpo inmortal. Durante unos meses vertiginosos las palabras,
gangrenadas desde hacía siglos,
volvieron a brillar, intactas, duras, sin dobleces. Los viejos vocablos —bien y
mal, justo e injusto, traición y lealtad— habían arrojado al fin sus disfraces
históricos. Sabíamos cuál era el significado de cada uno. Tanta era nuestra
certidumbre que casi podíamos palpar el contenido, hoy inasible, de palabras
como libertad y pueblo, esperanza y revolución. El 19 de
julio de 1936 los obreros y campesinos españoles devolvieron al mundo el sabor
solar de la palabra fraternidad. Desde México veíamos arder la inmensa
hoguera. Y las llamas nos parecían un signo: el hombre tomaba posesión de su
herencia. El hombre empezaba a reconquistar al hombre.
El rasgo original del 19 de julio reside en la espontaneidad
fulminante con que se produjo la respuesta popular. La sublevación militar había dislocado toda la estructura del
Estado español. Despojado de sus medios naturales de defensa —el ejército y la
policía— el gobierno se convirtió en un simple fantasma: el del orden jurídico
frente a la rebelión de una realidad que la República se había obstinado en
ignorar. El gobierno no tenía nada que oponer a sus enemigos. Y en este momento
aparece un personaje que nadie había invitado: el pueblo. La violencia de su
irrupción y la rapidez con que se apoderó de la escena no sólo sorprendieron a
sus adversarios sino también a sus dirigentes. Las organizaciones populares,
los sindica-io',, los partidos y rso que la jerga política llama el "aparato"
fueron desbordados por la marea. En lugar de que otros, en su nombre y con su
sangre, hicieran la historia, el pueblo español
se puso a hacerla, directamente, con sus manos y su instinto creador. Desapareció
el coro: todos habían conquistado el rango de héroes. En unas cuantas horas
volaron en añicos muchos esquemas intelectuales y mostraron su verdadera faz
todas esas teorías, más o menos maquiavélicas y jesuíticas, acerca "de la
técnica del golpe de Estado" y la "ciencia de la Revolución". De
nuevo la historia reveló que poseía más imaginación y recursos que las
filosofías que pretenden encerrarla en sus prisiones dialécticas. Lo que
ocurrió en España el 19 de julio de 1936 fue algo que después no se ha visto en
Europa: el pueblo, sin jefes, representantes e intermediarios, asumió el
poder. No es éste el momento de relatar cómo lo perdió, en doble batalla.
La espontaneidad de la acción
revolucionaria, la naturalidad con que el pueblo asumió su papel director
durante esas jornadas y la eficacia de su lucha, muestran las lagunas de esas
ideologías que pretenden dirigir y conducir una revolución. Pero la
insuficiencia no es el único peligro de esas construcciones. Ellas engendran
escuelas. Los doctores y los intérpretes forman inmediatamente una clerecía y
una aristocracia, que asumen la dirección de la historia. Ahora bien, toda
dirección tiende fatalmente a corromperse. Los "estados mayores" de
la Revolución se transforman con facilidad en orgullosas, cerradas burocracias.
Los actuales regímenes policiacos hunden sus raíces en la prehistoria de partidos que
ayer fueron revolucionarios. Basta una simple vuelta de la historia para que el
antiguo conspirador se convierta en policía,
como lo enseña la experiencia soviética. La nueva casta de los jefes es tan
funesta como la de los príncipes. Ellos prefiguran la nueva sociedad
totalitaria, que espera en un recodo del tiempo el derrumbe final del mundo
burgués. Contra esos peligros sólo hay un remedio: la intervención directa y
diaria del pueblo. Informe y fragmentaria, la experiencia del 19 de julio nos
enseña que esto no es imposible. El pueblo puede luchar y vencer a sus enemigos
sin necesidad de someterse a esas castas que, como una excrecencia, engendra
todo organismo colectivo. El pueblo puede salvarse, eliminando en primer
término a los salvadores de profesión.
No es ésta la única
lección del combate de los pueblos hispánicos. Quisiera destacar otro rasgo,
precioso y original entre todos, capital para un hispanoamericano: la defensa
de las culturas y nacionalidades hispánicas. La lucha por la autonomía de
Cataluña y Vasconia posee en nuestro tiempo un valor ejemplar y polémico.
Contra lo que predican las modernas supersticiones políticas, la verdadera
cultura se alimenta de la fatal y necesaria diversidad de pueblos y regiones.
Suprimir esas diferencias es cegar la fuente misma de la cultura. Nada más
estéril que el "orden" que postulan las ideologías; se trata de una
visión parcial del hombre, de una camisa de fuerza que ahoga o degrada la libre
espontaneidad de las naciones. Frente a la abstracta "unidad" de los
imperios, los pueblos españoles rescataron la noción de anfictionía. Ésta es la única solución fecunda
al problema de las nacionalidades hispánicas, dentro del cuadro de una nueva
sociedad. No fue otro el sueño de Bolívar en América. No fue otro el sueño
griego. Las grandes épocas son épocas de diálogo. Grecia fue coloquio. El
Renacimiento coincide con el esplendor de las repúblicas. Cuando desaparecen
las autonomías regionales y nacionales, la cultura se degrada. El arte imperial
es siempre arte oficial. Ilustrado o bárbaro, burocrático o financiero, todo
imperio tiende a erigir como modelo universal una sola y exclusiva imagen del
hombre. El jefe o la casta dominante aspira a repetirse en esa imagen. Una sola
lengua, un solo señor, una sola verdad, una sola ley. La unidad es el primer
paso en el camino de la repetición mecánica: una misma muerte para todos. Pero
la vida es diversidad.
Afirmar
que las diferencias nacionales o regionales deben desaparecer, en provecho de
una idea universal del hombre o de las necesidades de la técnica moderna, es uno de
los lugares comunes de nuestro tiempo. Muchos de los partidarios de esta idea
ignoran que postulan una abstracción. Al imponer a pueblos y naciones un
esquema unilateral del hombre, mutilan al hombre mismo. Porque no hay una sola
idea del hombre. Uno de los rasgos específicos de la humanidad consiste, precisamente,
en la diversidad de imágenes del hombre que cada pueblo nos entrega. Sólo las
sociedades animales son idénticas entre sí. Y en esa pluralidad de concepciones
el hombre se reconoce. Gracias a ella es posible afirmar nuestra unidad. El
hombre es los hombres.
La
abstracción que los poderes modernos
nos proponen no es sino una nueva máscara de una vieja soberbia. El primer
gesto del hombre ante su semejante es reducirlo, suprimir las diferencias,
abolir esa radical otredad. Pero el otro existe. No se resigna a
ser espejo. Reconocer la existencia irreductible del otro es el principio de la
cultura, del diálogo y del amor. Reducirlo a nuestra subjetividad es iniciar la
árida, infinita dialéctica del esclavo y del señor. Porque el esclavo
jamás se resigna a ser objeto. La realidad humillada acaba por hacer saltar
esas prisiones. Aun en la esfera del pensamiento puro se manifiesta esa tenaz
resistencia de la realidad. Machado nos enseña que el principio de identidad,
sobre el cual se ha edificado nuestra cultura, se rompe los dientes frente a la
otredad del ser. Acaso en esto radique la insuficiencia de nuestra
cultura. Todo imperialismo filosófico o político se funda en esta fatal y
empobrecedora soberbia. No en vano Nietzsche llamó a Parménides "araña que
chupa la sangre del devenir". Y algo semejante ocurre en el mundo de la
historia: los imperios chupan la sangre de los pueblos. La unidad que imponen
oculta un horror vacío. No nos dejemos engañar por la grandeza de sus
monumentos: la vida ha huido de esas inmensas piedras. Esos monumentos son
tumbas.
Resulta escandaloso recordar estas verdades. Vivimos
en la época de la "planificación" y del
paternalismo estatal. En ciertas bocas y en ciertos sitios estas frases
encubren apenas otros designios. En nombre de la abstracción se pretende
reducir al hombre a la pasividad del objeto. Unos utilizan el mito de la
historia, otros el de la libertad; pero nosotros nos rehusamos a ser mercancías
tanto como a convertirnos en instrumentos o herramientas. Sabemos a dónde
conducen esos programas: al campo de concentración. Toda concepción mecanicista
y utilitaria —así se ampare en la llamada "edificación socialista"—
tiende a degradar al hombre. Frente a esos poderes nosotros afirmamos la
espontaneidad creadora
y revolucionaria de los pueblos y el valor de cada cultura nacional. Y volvemos
los ojos hacia el 19 de julio de 1936. Allí
empezó algo que no morirá.
París, a 18 de julio de
1951.
["Aniversario
español" se publicó en El ogro filantrópico, Barcelona
(Seix Barral) y México, D.E Ooaquín Mortiz), 1979. (Obras completas, vol.
9, pp. 433-437.)]
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